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domingo, 30 de septiembre de 2012

retazos


Esos pedazos sobrantes, desperdicios que quedaron ahí, colgados, deshilachados. Los retazos del amor. Sangran y se secan al sol, se curten al calor de la siesta. Crujen, se quejan, chirrían. Son pedazos de carne que se secan, se pudren. Se llenan de moscas y gusanos.

Los retazos del amor son pedazos de telas. Que no sirven para nada. Juntan mugre, pelusa, pelos y arañas. Se llenan de bichos y se descomponen en las esquinas oscuras y olvidadas. Amogosados, afelpados, podridos.

Los retazos del amor son cuerdas de cuero curtido que amarran un barco que no parte. Lo dejan inmóvil. Lo aferran al puerto.

Los retazos malolientes, putrefactos, del amor perdido, que nunca fue, que se desbarrancó y se desarmó como se desarman las figuras de arena, de polvo, de cera. Como se derriten los plásticos.

Los retazos crujientes del amor abandonado son cueros mínimos, tiras de longaniza, panceta, que se fríen en un sartén. Se queman al fuego. Explotan de vez en cuando, lastimando a los que están cerca con gotas de grasa hirviendo.

Los retazos dolorosos, sangrantes, coagulados del amor que no existió, mortifican, hunden sus filamentos en la carne, hunden sus tendones en el hueso. Tironean desde la médula. Apresan el corazón. Lo asfixian.

Retazos mínimos, descartados, olvidados del amor que no existió,
no existen. No están, no se ven.

Atemorizan.

Entran por los poros, la nariz, la garganta, en el estómago. Llenan de bichos los ojos, de estopa la boca. Son manojos de porquería que atoran los pulmones, que asfixian la tráquea.

Por eso los odio.

Los detesto.

Son mosquitos, sanguijuelas, chupasangres. Que se alimentan cada día, cada noche.

Retazos ponzoñosos, traicioneros, vengativos, del amor desvanecido
Esperan cada mañana y cada noche su ración de tu sangre
Como lobos hambrientos, jauría de perros rabiosos

Rodean la casa
Y la incendian

Amordazan y estaquean
asaltan y muerden
desangran
desgarran
y ríen


Retazos mínimos, olvidados, del amor malherido, apaleado, basureado, humillado, vuelven cada noche a patotearte, a exigirte el diezmo, a saquear la aldea

son un ejército asesino que arrasa todo lo que encuentra
una plaga de alimañas que corroe la tierra a su paso

déjenme en paz

suéltenme la mano
así me hundo en lo profundo
y no los veo más


Los jirones destrozados del amor que ya no está, que se ha ido, que nunca fue,
te sostienen a flote, aferrado por tenues hilos, telarañas invisibles, colgando del acantilado de la vida

esos odiosos pedacitos descartados, con su dolor a fuego lento, te traen el suero endovenoso que te mantiene
vivo