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lunes, 28 de abril de 2014

Refugiados


y ahora que hago yo con mi alma? 
triste perro mojado y malherido. rezongando su soledad y tiritando de frío. gimiendo hondamente esa ausencia de vos. lamentando quedamente tu rechazo. amargamente rumiando sus recuerdos de vos. que los revisa uno a uno, milímetro a milímetro. tratando en vano de consolarse, inventando delirantes razones para creer que de alguna manera, por alguna causa misteriosa, en algún sentido,
aún pensás en mí.

domingo, 27 de abril de 2014

certidumbre





Camino, camino en mi cuarto de un lado al otro. Hace frío. Me llamará? Sé que llamará. Sé que lo veré. Será la última vez en mucho tiempo. ¿será la última vez?

Camino, camino de acá para allá. Espero. Hablaremos de las cosas. y nos diremos hechos, palabras, miradas. No hablaremos de lo más fuerte. Ni de lo mejor, ni de lo peor. Lo más importante será una mirada suya. Captada sólo al acaso. No será una mirada franca, eterna, plácida. Será una mirada furtiva en la que captaré alguna cosa. Algo que no dice, que quiero que diga, que quiero que haga, que quiero que sienta.

Pero no lo dirá. 
Sus ojos, a veces, destellarán.

Y hoy moriré de amor. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Palabras mágicas

– ¿Quién es Fulano?
– Mi novio
– ¡Mentira!

La interacción fue simple. Típica de sus siete años. Sin embargo desató toda una serie de discusiones, represiones, represalias: un montón de “callate” y un montón de “por favor” y otro tanto de “terminala”. Sumió a los grandes en la pelea de cómo salvar a los niños, sin quedar nunca claro de qué cosa había que salvarlos. Parece las palabras “mi novio” serían como un hechizo y los niños quedarían mágicamente traumatizados.

Sin embargo, lo potente acá es la pregunta de un niño que como un ábrete sésamo, descorre la cortina de esa estafa hipócrita a la que llaman tolerancia.

Y después dicen que no hay palabras mágicas.


sábado, 7 de septiembre de 2013

¿Y si después me arrepiento?



La pregunta me suena en la cabeza una y otra vez. Es como un proceso inverso al de entender. Porque hace un tiempo creía que entendía y ahora ya no entiendo qué significa esa pregunta.



¿Cómo puede alguien arrepentirse de una decisión crucial y vital? ¿Puedo arrepentirme de haberme casado? ¿De haberme divorciado? ¿De haber renunciado a aquel trabajo o de haberlo tomado? ¿Puedo arrepentirme de tener un hijo, o de mudarme de casa, o de cambiar de ciudad?



Ciertamente uno puede arrepentirse de todo y de cada cosa, pero el asunto no es la capacidad humana de arrepentimiento, ilimitada, me imagino. Pero eso es una cosa que tratan las religiones y no me metería en ese terreno porque capaz que hasta cobran alquiler.



La cosa es qué significa eso de “y si después me arrepiento”. Como si uno, el que está más acá de la decisión pudiera pensar a aquél que uno será en el más allá de la decisión. Como si uno tuviera que preguntare si después del suicidio, no será que me arrepentiré.



Y vale la comparación, aunque mortuoria, porque hay algo que muere, hay algo de inmolación en una decisión. Alguien debe morir: ese que soy acá y que una vez que pase por esa puerta, nunca más seré.



Porque ese otro del otro lado de la puerta no va a entender ni siquiera el idioma en el que le hablás de esto de arrepentirse.



Como yo no entiendo lo que decís y te miro con cara de yupikingli.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Llegada
 
Hoy mi padre me dijo que soy un buen tipo y que está orgulloso de mí.

.....

¿qué se hace ahora? 

¿empaco todo y vuelvo a casa?

domingo, 7 de octubre de 2012

La oficina

"Hice todo bien, hablé de temas interesantes, me mostré interesado, conté cosas importantes, otras graciosas, ni muy superficial ni muy denso, y aún así, no: no soy lo que anda buscando."

El Burócrata discurre en su relato de la última cita, a todas luces, injustamente infructuosa.

Habla como quien ha concurrido a hacer un trámite a la "oficina de los otros". Un lugar donde se entregan papeles y tarde o temprano te entregan el tuyo. De alguna manera, al concedernos una entrevista, el encargado de la sección Relaciones Románticas, debería tomar todos nuestros datos y cumplimentar el trámite. Y si no,  darnos una explicación de qué es lo que falló en la solicitud.

Lógica de la oficina que atrapa al otro en una telaraña de papeles y donde nada nos sorprenderá.

Pero muchas veces asiste al encuentro no un delegado de oficina ni agente de ventas. Más bien, quizá un pobre diablo también tramitando su solicitud.

Pero a mi amigo burócrata, este pobre diablo del otro lado de la mesa de café, le importa soberanamente un carajo. Y hasta me lo imagino yendo a su cita con una frase de esas que a la televisión le gustan tanto "yo hace horas que espero, estoy acá desde las seis de la mañana". Como si el amor tuviera algo que ver con eso.

Bien por el pobre infeliz que escapó. Bien por los que no se dejan atrapar por las cuadrículas. Amigo mío, ya encontrarás un buen oficinista que saque su planilla y diga, sí, has cumplimentado todos los pasos requeridos, proceda por esa puerta, ahora nos casamos.

domingo, 30 de septiembre de 2012

retazos


Esos pedazos sobrantes, desperdicios que quedaron ahí, colgados, deshilachados. Los retazos del amor. Sangran y se secan al sol, se curten al calor de la siesta. Crujen, se quejan, chirrían. Son pedazos de carne que se secan, se pudren. Se llenan de moscas y gusanos.

Los retazos del amor son pedazos de telas. Que no sirven para nada. Juntan mugre, pelusa, pelos y arañas. Se llenan de bichos y se descomponen en las esquinas oscuras y olvidadas. Amogosados, afelpados, podridos.

Los retazos del amor son cuerdas de cuero curtido que amarran un barco que no parte. Lo dejan inmóvil. Lo aferran al puerto.

Los retazos malolientes, putrefactos, del amor perdido, que nunca fue, que se desbarrancó y se desarmó como se desarman las figuras de arena, de polvo, de cera. Como se derriten los plásticos.

Los retazos crujientes del amor abandonado son cueros mínimos, tiras de longaniza, panceta, que se fríen en un sartén. Se queman al fuego. Explotan de vez en cuando, lastimando a los que están cerca con gotas de grasa hirviendo.

Los retazos dolorosos, sangrantes, coagulados del amor que no existió, mortifican, hunden sus filamentos en la carne, hunden sus tendones en el hueso. Tironean desde la médula. Apresan el corazón. Lo asfixian.

Retazos mínimos, descartados, olvidados del amor que no existió,
no existen. No están, no se ven.

Atemorizan.

Entran por los poros, la nariz, la garganta, en el estómago. Llenan de bichos los ojos, de estopa la boca. Son manojos de porquería que atoran los pulmones, que asfixian la tráquea.

Por eso los odio.

Los detesto.

Son mosquitos, sanguijuelas, chupasangres. Que se alimentan cada día, cada noche.

Retazos ponzoñosos, traicioneros, vengativos, del amor desvanecido
Esperan cada mañana y cada noche su ración de tu sangre
Como lobos hambrientos, jauría de perros rabiosos

Rodean la casa
Y la incendian

Amordazan y estaquean
asaltan y muerden
desangran
desgarran
y ríen


Retazos mínimos, olvidados, del amor malherido, apaleado, basureado, humillado, vuelven cada noche a patotearte, a exigirte el diezmo, a saquear la aldea

son un ejército asesino que arrasa todo lo que encuentra
una plaga de alimañas que corroe la tierra a su paso

déjenme en paz

suéltenme la mano
así me hundo en lo profundo
y no los veo más


Los jirones destrozados del amor que ya no está, que se ha ido, que nunca fue,
te sostienen a flote, aferrado por tenues hilos, telarañas invisibles, colgando del acantilado de la vida

esos odiosos pedacitos descartados, con su dolor a fuego lento, te traen el suero endovenoso que te mantiene
vivo