Cuando llegábamos en el micro de la madrugada y mi mamá le decía al taxista, si va por la costanera hasta minuzi… para que él supiera que ella sabía. Y después llegábamos a la casa de la abuela y ella en pantuflas y una bata, prendía esa estufa mínima y ponía la pava y empezaba eso de charlar y charlar y charlar, y contar cómo anda este y cómo anda aquél, y los grandes estaban en eso mientras los chicos íbamos comiendo pan con dulce de tuti fruti, o de zapallo, o de tomate, y una leche en esas tazas de loza grandotas y cuarteadas. De a poco, iba saliendo el sol y la cocina de mi abuela se atemperaba. Ésa es una imagen de la felicidad.
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